Amaury Veray: Conciencia del Nacionalismo musical puertorriqueño.
III. Sus composiciones.
De su obra musical debemos distinguir en primer lugar el Villancico yaucano (1953). Esta pieza ya es parte de nuestro folklore popular. A pesar de su ligereza populista, que es lo que más se destaca de la pieza, no debe pasarse por alto lo asombroso de la introducción cromática para el piano. Esto marca un punto de transición en la composición popular puertorriqueña.
Cansada en el Alba (1952) es la más hermosa de sus canciones de arte. La misma es de temática religiosa. La letra expresa la angustia y el cansancio de la Virgen María en su labor de criar al niño Jesús. Al igual que el Niño de Aguadilla, los temas de la angustia y la soledad son de mayor resonancia que el de la historia religiosa.
El Ballet la Encantada (1958) ha sido clasificado como la posible mejor obra del compositor. Trata sobre una leyenda yaucana. Una obra propia del carácter idiosincrásico de la escuela musical Nacionalista.
De 1970 es De Profundis. Sin duda su composición más controversial. Obra escrita para narrador, coro, cuatro percusionistas, arpa, piano y cuerdas. El tema de la misma es el martirio colonial de la patria, según fue visto por el compositor. El texto es obra del propio Veray y lo curioso del mismo, y más que curioso, único y admirable, es que trata a la patria como mujer deseada por un amante que ha sido privado de sus encantos. Ha sido presentada sólo una vez, quizás por su temática. Desgraciadamente hay épocas que no están preparadas para una obra como esta, que trasciende su tiempo. La música es sorprendente. Su lenguaje es rudo, pero fascinante. Poco tradicional en su juego en el manejo de intervalos y colores. Esperemos que en algún momento volvamos a escuchar esta joya de la música académica puertorriqueña con la madurez y la tolerancia que se le exige al buen apreciador del arte.
Del mismo año es Dïptico, obra para dos percusionistas, piano y celesta. Su tema es profundamente existencial. Trata el tema de los mitos de Prometeo y Tántalo. Estos personajes, al igual como ocurrió con Adán y Eva, fueron condenados por los dioses después de haberse atrevido a buscar la verdad y el conocimiento accesible solamente a la divinidad. El compositor así nos manifiesta que la verdad no sólo es inalcanzable, está prohibida. Esta es la causa de la angustia, que podemos oír reflejada en la conversación de ideas que expresan los instrumentos de percusión, aunque siempre son calmados por la sobriedad del piano, como si se tratara de un arbitro que nos condena a la resignación. Es en esta composición que el maestro manifiesta, musicalmente, su apego por las ideas existencialistas de Søren Kierkegaard, que el propio compositor no dejaba de manifestar continuamente, junto a su serio compromiso con el Catolicismo romano.
Esa búsqueda imposible de la verdad, plasmada en la condena que sufren los protagonistas del mito en que se basa la obra, nos impregna de una profunda angustia. Dios, o los dioses deben ser admirados y los humanos debemos aspirar al conocimiento que nos viene de ellos; pero a la vez ese conocimiento de alguna razón o propósito en la vida es inalcanzable, porque nos fue prohibido. Es una paradoja, pero la búsqueda de la verdad es el único camino a la redención. La realidad es un complejo cuadro incomprensible. Solo la fe nos puede guiar. Así vemos cómo la obra de Amaury Veray no sólo es música en el vacío, es filosofía de vida. Es un largo discurso de angustia por alcanzar la total liberación a través del conocimiento del ser, pero a su vez, es la resignación de la impotencia por la mortalidad humana.